Morirse de Tanta Vida

“Gran parte de nuestras manifestaciones excesivas e innecesarias
provienen del miedo que tenemos a que, si no estamos todo el
tiempo haciéndonos notar, dejemos en realidad de existir”
Peter Brook

“Morirse de tanta vida” es una pieza de danza en la que investigamos precisamente sobre la no-danza, una pieza acústica en la que investigamos sobre el silencio. Queremos eliminar de nuestro movimiento todo aquello que es superfluo, adicional…quedarnos con su esencia, con su impulso. Mirar de frente al horror vacui que inunda nuestras rutinas y buscar tras esa tupida capa de movimientos accesorios qué es lo que nos mueve. Pretendemos deshacernos de estos disfraces, que las acciones y las palabras surjan por necesidad; que nos movamos porque ya no podemos estarnos quietos; que gritemos porque ya no nos podemos callar por más tiempo. Dejar de actuar por inercia y por rellenar un tiempo y un espacios que se nos antojan eternos por momentos.

“¿En qué momento, comenzamos a crear esta máscara? ¿En qué momento empezamos a cambiar? ¿En qué momento asumimos el primer miedo que, sin mala intención, nos inculcan los adultos en que confiamos? Si cada miedo que se instala en nuestro cuerpo es una batalla más que nos gana la muerte, ¿en qué momento, aún niños, comenzamos a morir?”

“Morirse de tanta vida” es también una investigación sobre la imagen. Utilizamos distintos filtros con los que modificar la percepción que de ella tenemos. La hacemos borrosa, distante, verde..escribimos en el hueco que se forma entre la imagen y la piel..

“Veo mi imagen reflejada en una canica transparente. Estoy ahí, moviéndome en miniatura. Observo mi imagen quieta acercarse rodando. Si estoy ahí, pequeñita, mirándote, ¿cómo sabrás distinguir si soy yo o mi imagen quien te mira? ¿No es mi cuerpo solo otra imagen más de mí misma? ¿cómo saber si mi imagen encerrada en una canica vería la tuya encerrada en otra?”

Hay un diálogo constante de los cuerpos en escena con las imágenes proyectadas de esos mismos cuerpos en otros lugares, en otros momentos; capa sobre capa aportando nuevos movimientos, nuevas texturas, nuevas pieles…dedos que escriben mensajes fugaces sobre el vaho que exhalan los cuerpos sobre el suelo.

La belleza se queda en mis dedos mucho tiempo después de haber abandonado mis ojos. Debería hacer más caso a mis manos que a mis ojos. ¿Sería el fuego más real si me quemo los dedos? Sin piel ni músculos ni órganos, somos iguales entre nosotros. Y tan parecidos a un árbol a punto de arder…No estoy más vivo que la leña o el fuego.”

Buscamos no sólo la desnudez de nuestro andar, de nuestra voz, sino también del escenario que pisamos. Apenas un par de cuerpos, y un micrófono descolgándose del techo. Minimizamos los estímulos, las distracciones, para transmitir menos pero más profundo.

“¿Por qué pensar tanto en sentarse y al final, después de todo, sentarse? ¿Por qué pensar tanto? ¿Cuándo empezó a importar tanto pensar dos veces? A veces habría que pararse a dejar de pensarlo. Pararse a despensar un momento las cosas. A lo mejor es tan sencillo como dejar de buscar tus movimientos con mis ojos y buscar mi movimiento. A lo mejor resulta que es tan sencillo como dejar de buscar. Tan sencillo como dejar de formar categorías: tus manos, mis manos, tus pies, mis ojos, mi camino, tu camino, movimiento, quietud. “

MORIRSE DE TANTA VIDA.

Malena Guzmán
Fotografía de David Aguilar

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